Por Kashmir.


Esta semana se juntan dos citas importantes para la historia del Zepelín más famoso de la música: el 73 cumpleaños del ideólogo y creador de la banda, James Patrick Page, y los 48 inviernos que contemplan el explosivo (tanto por la portada como por lo que contiene) debut. Hoy, Diablorockers, vamos a hablar un poco de ambos.

Sólo seis meses antes de ese crucial 12 de enero de 1969 en el que se publicó el “I”, Page no sabía qué demonios hacer con su banda The Yardbirds. Tras la defunción de la misma y reclutar a Jones, Bonham y Plant, se fueron a Escandinavia a retomar la gira como The New Yardbirds, probando nuevo material y comprobando la brutal química entre ellos. En octubre, tras apenas 30 horas de estudio y sin casi tiempo para ensayar, grabaron, mezclaron y editaron su ópera prima en los estudios Olympic de Londres, todo ello en escasamente una semana, y con un irrisorio presupuesto de 1782 libras esterlinas. Semanas después Peter Grant, el pesadísimo y mafioso manager de la banda, firmó un contrato con Atlantic Records garantizando un control sin precedentes sobre su dirección profesional y artística exigida por el propio Page; y eso que el sello ni siquiera llegó a escuchar una sola nota, sirvió únicamente la recomendación de Dusty Springfield. Entonces llega el esperado lanzamiento del disco, el cual fue recibido con cierta tibieza en su país, pero en cuanto se embarcaron en su primera gira americana y gracias a sus explosivas actuaciones y el boca a boca, la banda adquirió pronto un enorme éxito, a pesar de no querer entrar en el juego de los medios, decidiendo por ejemplo no publicar ningún single en Reino Unido. Cachonda en estos días es la anécdota de cuando tocaron en Dinamarca, donde la banda tuvo que actuar bajo el nombre de The Nobs, ya que la baronesa Eva Von Zeppelin, sobrina del inventor del dirigible, se negó a que «unos monos chillones» usaran su apellido; y eso a pesar de que intentaran convencerla, como contaba Page: “La invitamos al estudio para que nos conociera y viese que éramos buenos chicos. Logramos calmarla, pero al salir del estudio, vio la foto del disco, con el Zeppelin ardiendo y montó en cólera”.

Antes de entrar en materia en el disco y sus composiciones, me gustaría resaltar la producción de Page, que es de ciencia ficción, al igual que en discos venideros. Experimentando con la instrumentación, sus colocaciones (de instrumentos y micros, no de drogas) a la hora de grabar, y aprovechando su vasta experiencia como uno de los músicos de sesión más importantes y prolíficos de la Gran Bretaña. Realmente creo que no se pone lo suficientemente en valor su labor como arquitecto sónico. LedZep no contaban con un George Martin, Visconti o Ezrin que los guiaran para explorar en el estudio, ya estaba él para coger esas riendas desde el principio. “Quería que Zeppelin fuera un matrimonio de blues, rock pesado y música acústica bajo un manto de coros fuertes […] Como productor me gustaría ser recordado como alguien que fue capaz de sostener una banda de indiscutible talento individual y empujarlos a la vanguardia durante su carrera. Creo que realmente capturé lo mejor de nuestra labor musical, el crecimiento, el cambio y la madurez en las grabaciones de esa gema multifacética que fue Led Zeppelin“. Y ahí está su legado para corroborarlo.

El álbum lo abre “Good Times Bad Times”, una fabulosa carta de presentación, con esa batería y riff conjuntos de los primeros segundos que ya son winners total, la chulería de Percy cantando, un Bonzo dejando claro quién pega mejor y más fuerte, Jonesy con unas impresionantes líneas de bajo, y Zoso dibujando melodías y apuñalándonos con un furiosísimo solo con su preciosa Fender Telecaster. Pero es que acto seguido llegue ya un tema tan dramático como “Babe I’m Gonna Leave You” es de una osadía tremenda, Robert se desgarra como un bluesman al borde del colapso, y bajo un manto neo-folkie, las acústicas transmiten una fuerza salvaje. Willie Dixon entra en acción (no sería la única vez con la banda) en el Delta blues “You Shook Me” y “I Can’t Quit You Baby”, revisitándolas Led Zep y creando una nueva concepción de entender el blues, una evolución más moderna y expansiva. “Dazed And Confused” cierra la cara A con un riff de bajo (de los más inolvidables de siempre) en torno al cual se arma el resto de la canción, poderoso, profundo y cadente; y qué decir de la progresión con el arco de violín que utiliza Zoso y la explosión inhumana hacia el final.. un himno (con regusto prog) para la banda que en directo alargaban hasta el inifinito de la mano Page. La cara B comienza con la bellísima “Your Time Is Gonna Come” (jamás tocada en directo al completo), Jones y Page nos llevan, con sus órganos y Fender de 10 cuerdas de acero, al cielo de los infieles. Y de ahí al lado negro de la montaña (“Black Mountain Side”), pieza hipnótica inspirada en una canción popular irlandesa, pero añadiendo un sabor oriental, para lo que Page simuló con su Gibson acústica un sitar y contaron con una tabla. “Communication Breakdown” es pura energía juvenil y desenfada, ruidosa, una piedra angular del heavy metal, que curiosamente Johnny Ramone admitió que la tuvo como máxima inspiración para su estilo. Y así llegamos al final con “How Many More Times”, el tema más largo del álbum, compuesta de varias secciones distintas unidas por un ritmo de bolero que empuja la pieza; un auténtico atracón y homenaje para poner los huevos (pisados de Percy también) sobre la mesa y rematar tamaña demostración de poder.

Este debut, y clásico imperecedero, abrió la puerta a incontables bandas que subieron sus amplis al 11, desde Deep Purple a Black Sabbath. El Rock ya nunca sería el mismo. Curioso que un número tan pequeño de futuras bandas se acercase a desafiar la asombrosa versatilidad y facilidad de Led Zeppelin para mezclar y saltar entre géneros como les placía, y si se atrevieron cayeron ante tanta diversidad en un rumbo demasiado limitado. Gran parte del atractivo del disco, ahora y entonces, proviene de las increíblemente rápidas y volátiles condiciones en las que se creó. Allí radica la fuente de la energía cruda y espontánea que crepita de sus nueve pistas combustibles, y que determinó que “Led Zeppelin I” se convertiese en el palo de medición por el que todos los futuros álbumes de hard rock serían comparados.