Por Manuel L. Sacristán y Lluis Puebla Matgés.


Recuerdo vivamente una de las frases más memorables de esa legendaria película de Kathryn Bigelow, llamada Point Break (1991), aquí doblada con el surrealismo clásico como “Le Llaman Bodhi”, en la que Gary Busey, que interpretaba al no menos histórico detective Angelo Pappas, le decía al joven e impetuoso Johnny Utah (Keanu Reeves), que no tenía nada que enseñarle de su trabajo, que llevaba 22 años pateándose las calles, en la ciudad de Los Ángeles. “Si, 22 años. Los Ángeles ha cambiado mucho en todo este tiempo. El aire se ensució, y el sexo se limpió”. El bueno de Angelo, el fan de los sándwiches de carne (“¡tráeme dos!”) había estado en aquella ciudad invivible pero insustituible desde que el joven Utah se cagaba en los pantalones y… dejaré de recitar frases de la peli, y me la volveré a ver.


Hubo un tiempo en que Los Ángeles era la ciudad del rock. Hubo un tiempo en que el rock de Los Ángeles era EL ROCK. Sin matices y sin tópicos: estaba por todas partes. Incluso en el otro lado del charco se veían los ropajes y las producciones querían recoger la impronta del sonido AC/DC y dotar a las guitarras y a las melodías vocales de ese filo angelino indescriptible, inimitable, y que sin embargo conquistaba emisoras. The Cult contrataron a Rick Rubin para ello, a los Dogs D’Amour y a Quireboys les confundían con los blanquecinos chicos angelinos retratados en el documental “The decline of western civilization II: The metal years”. Los ropajes de mercadillo, los pañuelos en la cabeza, Sunset Strip, chicas chicas chicas y chicos tirados en la calle sin nada que hacer… aquellas ratas de cloaca eran entrevistadas para el documental y en ellos había cierta candidez, una especie de inocencia pura en su crudeza y descontrol. Realmente las ropas eran de mercadillo, como las respuestas, los clichés y parte de su sonido. Debajo de la superficie, florecieron discos que durante unos años conquistaron las emisoras, las listas de éxito y a un buen puñado de fanáticos del rock, especialmente adolescentes. Igual que Patrick Swayze en su tabla de surf.

Dicen que fue el tsunami del grunge el que se llevó por delante todo aquello. Algo de ello hubo, aunque luego al grunge lo limpiaron otras cosas, el hip hop, el rock industrial, el nu metal, napster, todo colapsó. En enero de 1999, Seagram orquestó una reestructuración masiva de su división musical, despidiendo a 110 empleados del sello estrella del hard rock, Geffen (estrella porque consigueron a Guns N’ Roses), e incorporando esa unidad dentro de la mayor división musical de la empresa, Interscope. Aquel día, conocido en la industria del disco como el “Viernes Negro”, fue el día en que cientos de ejecutivos de la industria fueron despedidos, y tal y como recuerda Slash en su autobiografía, “se les vio literalmente caminar por todo Sunset con cajas de cartón, llenas con sus cosas”. La mayoría de las empresas se fusionaron y Geffen quedó absorbida por Interscope. “Fue el comienzo del fin del negocio de la música tal como yo lo había conocido”, dice Slash. En retrospectiva, aquella fusión sacudió el mundo del rock y artistas como Duff McKagan o Izzy Stradlin fueron despedidos de sus sellos, que por entonces tenían acuerdos con Geffen. Así, el disco de Duff que iba a salir en 1999, titulado Beautiful Disease, fue uno de los daños colaterales de la fusión y hoy en día es inencontrable, jamás se ha reeditado y la tirada inicial fue mínima y lanzada por canales casi extraoficiales. La gran apuesta de la compañía era el Chinese Democracy, como sabemos, que aun ni se llamaba así. Se iba a llamar 2000 Intentions. Pero Axl se encontraba escrutado, supervisado y, por primera vez en mucho tiempo, vetado. Era el único que sobrevivía a ese nivel, con una multinacional soltando pasta a destajo, destinada a un proyecto sin fecha de lanzamiento. Como sabemos, sacar adelante aquella monstruosidad no fue fácil. ¿El resto? Ni siquiera eran escuchados. No importaban, no tenían ninguna influencia. Nadie se acordaba de David Roach, Taime Downe, Tracii Guns, Phil Lewis, Stephen Pearcy o Jizzy Pearl.

De los años dorados hemos hablado mucho. Seguimos instalados en aquellos discos. Incluso los que tienden a menospreciar o a reírse del género consideran a estas bandas “entrañables”. Guns N’ Roses a la cabeza; dos grupos no exactamente del estilo pero representativos del mismo en festivales y con un catálogo musical demoledor como Cinderella y Tesla; las bandas de hair metal algo anteriores a la explosión, como Mötley Crüe, Ratt o Poison, y una banda de blues-rock tan conmovedora como Great White; grandes vendedores de discos que no eran de Los Ángeles pero que se aprovecharon del ciclón, como Bon Jovi, The Cult, Whitesnake o Def Leppard; y los propiamente angelinos y desdichados L.A. Guns, Faster Pussycat, Junkyard, Love/Hate, The Throbs, Sea Hags o Rock City Angels; otros compinches nacidos en otros lugares de Norteamérica, como Circus of Power; y los grandes olvidados por ser de Nueva Jersey, los grandiosos Skid Row. Los que salían en la inolvidable Heavy Rock y en los mejores tiempos que he conocido de Popular 1 Rock ‘n’ Roll Magazine.

Pero qué pasó cuando el castillo de arena se lo llevó el agua. Qué pasó después de “Smells like teen spirit”. Qué hizo la MTV que ya no les daba cancha. Dónde coño se había metido Axl Rose. Por qué ahora todos llevaban chándal y los discos olían a protools en lugar de a oler a prostíbulo decorado por David Lynch. Qué fue de ellos. Dónde estaban mis amigos, mis hermanos mayores, los descarriados hijos de perra que tanto placer nos habían proporcionado. Quiénes eran sus herederos, dónde se iban a cobijar, cómo iban a salir a la luz. Por qué no salieron a la luz. Por qué ya no había espacio para el hard rock angelino. A través de una serie de discos paridos en un periodo concreto, en un punto perdido en el espacio y el tiempo, quiero encontrar las respuestas.


BUCKCHERRY: BUCKCHERRY (1999)

Tiene sentido, desde el punto de vista revisionista y retorcido que a veces tiene la historia, que el triunfo “masivo” de Buckcherry llegase con el peor disco que habían sacado hasta la fecha, 15 (2006), tras disolverse en 2002 y facturar dos de los álbumes más reivindicables de esta época, el homónimo y Time Bomb (2001). Si el segundo disco supuraba cabreo y nihilismo hasta un punto difícil de encajar, este debut entronca con varios de los grandes álbumes paridos a lo largo de dos años verdaderamente memorables para el rock, como fueron 1998 y 1999. Desde Powertrip de Monster Magnet al buenísimo 117º de Izzy Stradlin, sin olvidar Through the darkness de los neoyorquinos D Generation o los artefactos punkrockeros llegados de Escandinavia (Hellacopters, Gluecifer, Turbonegro, Backyard Babies), estos discos conforman junto al primero de Buckcherry una colección realmente imbatible. Buckcherry es fiesta, guitarrazos y melodías coreables; pero un frontman con la palabra CAOS tatuada en la barriga y una estética donde el pañuelo en la cabeza y alguna casaca de pieles no pueden obviar que ya no nos encontramos en los años dorados del hard rock angelino. Igual que un guitarrista con el pelo corto. Eh, nada en contra de esta alienación hard-core. Y el disco es un puñetazo en la nuez, demoledor, con una producción de Terry Date y Steve Jones que tira de espaldas. “Dead Again”, el single “Lit up”, “Check your head”, “For the movies”, el acento sureño de los Black Crowes en “Borderline”, la fiesta de sexo en “Lawless and Lulu”… al final, el éxito les vino de la mano de un vídeo sórdido con polémica incluida (“Crazy Bitch”), pero ese éxito simbolizaba precisamente su cénit. El nuevo siglo ya no permitía el éxito desmedido de ciertos discursos y ciertas estéticas.


 

GREAT WHITE: CAN’T GET THERE FROM HERE (1999)

Un disco memorable, que sin embargo ni siquiera podemos tildar de incomprendido o vilipendiado. Simplemente ignorado. Llegó al puesto 192 en el Billboard y el single “Rollin’ Stone” escaló hasta el nº 8 de la lista Mainstream Rock Tracks, pero sin el apoyo de su compañía, la todopoderosa Capitol Records, Great White habían deambulado por sellos menores hasta que John Kalodner (el mayor cazatalentos de la era dorada del hard rock junto a Tom Zutaut), artífice de la milagrosa resurrección de Aerosmith y cabeza del sello Portrait Records, puso sus ojos en ellos. Jack Blades (Night Ranger, Damn Yankees) produjo el álbum, involucrándose en la composición, dando como resultado un sensacional disco de hard rock grabado en 24 días. Había de todo: la declaración de principios que supone “Rollin’ Stone”, dos medios tiempos poderosos como “Ain’t No Shame” y “Silent Night”, temas deudores de Aerosmith como “Saint Lorraine”, delicadas piezas acústicas (“In The Tradition”) y el clásico eterno “Freedom Song”, entre otras. Nadie esperaba nada de ellos, pero el disco es épico, rotundo, y hubiese triunfado en 1988. Un álbum intenso, ejecutado con brillantez. Giraron junto a Poison y Ratt como cabezas de cartel, en la gira de las viejas glorias que se recorrían el mundo una década más tarde de haber gozado de un solo minuto de gloria. Al poco tiempo, se disolvieron en un océano de demandas y centros de desintoxicación. Su posterior reunión en 2001 se vería truncada con el trágico incendio, en una época de playback, cojeras y lavanderías con olor a crack. La lucha contra el olvido era ya lo único que les quedaba.


COLORSOUND: COLORSOUND (1999)

Hay algo típicamente poco angelino en este proyecto que formó Billy Duffy junto al cantante de The Alarm, Mike Peters. Algo en las melodías vocales que los entronca más con U2 o Simple Minds que incluso con The Cult. Pero esas guitarras… es, quizás, lo más The Cult en el estilo del Love que había sacado Duffy desde 1985. Casi todos los riffs recuerdan a “She sells sanctuary”. La primera mitad del disco es buenísima: “Under The Sun”, “Fountainhead”, “State Of Independence”, “Heavy Rain”, “View From A Different Window y “Alive” son absolutamente disfrutables. La base rítmica la formaban dos ex miembros de The Cult, el bajista Craig Adams (The Mission, Sisters of Mercy, The Alarm) y el batería Scott Garrett, y el álbum podía pasar por ser tan alternativo y británico como hard rock. El muro de guitarras típico de Duffy estaba ahí, las explosiones de electricidad, la tensión en los solos. No era un álbum angelino, pero sí uno ciertamente recuperable, digno de mención, y ejemplo perfecto de las obras que Duffy ideó durante sus largas y provechosas estancias en la ciudad de Los Ángeles, con las que su compañero de andanzas en la banda madre, nuestro querido Ian Astbury, no siempre conectaba.


Ver  “Los años oscuros del hard rock. Vol. 2 (2000-2001)” aquí.
Ver  “Los años oscuros del hard rock. Vol. 3 (2002-2006)” :aquí.