Diablorockers, todos en pie y reverencias a una de las formaciones más “carismáticas” y originales que han existido jamás. Ser fan de Rush es todo un reto y privilegio, ya que en más de 40 años de trayectoria han inventado y se han reinventado multitud de veces, lográndose imponer al desgaste del tiempo y sorprender una y otra vez hasta al más exigente de sus seguidores.

Texto por Kashmir.


En mayo de hace 15 años parieron Vapor Trails, y en el mismo mes de hace justo una década Snakes & Arrows, los acontecimientos que han motivado este especial,  tratándose éstos de otros peldaños más hacia la excelencia y la popularidad de la que han gozado en estos últimos tiempos los canadienses. Y es que es cuando menos sorprendente, que una banda tan longeva consiga en la actualidad sus cotas más altas de fama y reconocimiento, tanto de público, crítica y compañeros de profesión. Esto demuestra que tantos años de trabajo duro, independencia, amor y respeto por la música, los fans y ellos mismos, han dado sus frutos. Hace casi 20 años los fans vivíamos con ellos en una realidad paralela, tiempo después se convirtieron en la banda de culto más grande del planeta. Rush son inclasificables, no se les pueden encasillar, van mucho más allá del rock progresivo. Han viajado por tantos estilos, desde el hard-rock, el prog, pasando por el synth, pop, new wave, alternativo, metal,.. aunque el vehículo siempre ha sido único y especial. Son RUSH, una banda que habría que escribir así siempre, en mayúsculas.

Pero si viajamos 20 años atrás, lo que parecía un gran momento de la banda se tornó todo de repente en nubarrones y la desintegración de la banda. Test For Echo fue muy bien recibido (nº 5 en el Billborad 200 por ejemplo), la gira fue tremendamente exitosa (deciden interpretar por primera vez la suite “2112” completa),  los tres eran unos héroes en su país recibiendo la Orden de Canadá del Gobierno, por entre otras cosas donar grandes sumas de dinero a bancos de alimentos durante muchos años. Pero durante el tour Peart recibió seguramente el mayor mazazo que te puede dar la vida, su única hija Selena, de 19 años, fallecía en accidente de tráfico. Y por si esto no fuera poco, 10 meses después su esposa Jacqueline sucumbió a un cáncer del que se negó a tratarse; el propio Peart sostenía que su muerte fue a raíz de una “pena del corazón”, calificándolo de “suicidio lento por apatía, no le importaba nada”. Entonces un derrotado Neil les dijo a sus compañeros “considérenme retirado”. Tras esta horrible tragedia Geddy y Alex, ante un futuro totalmente incierto, intentan superarlo publicando sendos álbumes en solitario. Y mientras, el “ex-batería”, cogió su motocicleta y recorrió durante 88.000 km. Norteamérica, para evadirse, llorar su luto y reflexionar. Todas estas experiencias las plasma en su libro Ghost Rider: Travels on the Healing Road. No hay que olvidar que ‘The Professor’, aparte de estar en el olimpo de los mejores baterías de la historia, es el letrista de la banda, alguien muy inteligente, estudioso y curioso, capaz de adaptar y crear mundos e historias tanto fantásticas, trascendentales, como crudas y reales; un talento a reivindicar. Tuvo la suerte de encontrar de nuevo el amor en una amiga del fotógrafo oficial del trío canadiense, y es cuando en 2001 anuncia a sus compañeros que está listo para regresar a la banda. Rush, como el ave Fénix, renacen de sus cenizas.

Para comodidad de Peart (sus compañeros y amigos estaban muy encima de que se sintiera de nuevo músico y estuviera a gusto) se enclaustran en su Toronto natal para ensayar, componer, grabar y alumbrar Vapor Trails. Fue un proceso muy largo, comenzaron de cero, Neil practicaba e intentaba volver a dominar la batería que no había tocado en 4 años, incluso cuando tenían casi el disco definitivamente compuesto lo desecharon casi al completo y volvieron al punto de partida. Se podía pensar que una banda de veteranos que entraban en su cuarta década juntos, tal vez podrían aflojar un poco, pero no es el caso, ya que el disco sonaba con una enorme contundencia y dureza, acercándose al metal con una rotunda naturalidad y maestría absoluta. Y así seguiría siendo en los próximos lanzamientos. Curioso que cuanto más mayores más aplastantes suenan. La mejor manera de describir Vapor Trails es que es que es agresivo, crudo y ruidoso. A veces es ruidoso de una manera alegre y, a veces, es ruidoso en forma de presentimiento, pero es casi siempre ruidoso. Aún así creo que el ruido tiene sentido. Eso es porque es un disco catártico. Y qué mejor manera hay para que una banda de hard rock llegue a la catarsis que hacer ruido, mucho ruido. El error fue que no supieron canalizar bien este concepto debido a una producción embarullada y una mezcla que sucumbía a la moda de esos años, sonar demasiado fuerte y saturado. Los propios protagonistas, en un gesto casi sin precedentes, admiten humildemente este fallo, y lo solucionan publicando 11 años después una versión con nueva mezcla. Por fin distinguimos por ejemplo la variada y amplia capas de guitarras de Lifeson que suplió los hasta entonces habituales arreglos de teclado. Y es que los synths y teclados desaparecen de un plumazo, cosa que no ocurría desde su tercer álbum Caress Of Steel.

“El éxito no es el resultado de la combustión espontánea, debes ponerte en el fuego”. Neil leyó esa cita en la pared de un bar en Montana, un lugar extraño para encontrar inspiración, pero que llevó esas palabras lejos con él y le permitió forjar su dirección a la hora de crear las letras de Vapor Trails. Estamos ante seguramente el álbum más humano del trío, con, obviamente, las letras más personales de la carrera de Peart, principalmente reflexionando sobre las tragedias a las que había tenido que enfrentarse y cómo había aprendido a aceptarlas. Desde la superación de los pequeños problemas diarios que se vuelven monstruosos en un contexto de depresión (“One Little Victory”), pasando por el uso de términos aeronáuticos para crear una metáfora sobre estar limitado ante metas inalcanzables, cuando no hay barreras reales (“Ceiling Unlimited”), el autorretrato del propio Peart que lleva sus problemas a cuestas en su viaje en moto (“Ghost Rider”), la imposibilidad de encontrar un sitio agradable donde vivir tranquilo, inspirándose en los atentados del 11-S que sucedieron mientras grababan, aunque no se mencione el hecho en sí (“Peaceable Kingdom”), la observación de las vidas que pasan como los rastros de vapor que dejan los aviones por unos segundos sin dejar huella después (“Vapor Trails”), los sentimientos de sentirse aislado (“Secret Touch”), o la sensación de renacer tras el arduo proceso de recuperación en una pequeña nota optimista para cerrar el disco (“Out Of A Cradle”).

El disco es cálido y acogedor, pero eso no significa que sea fácil, en absoluto, los bordes son ásperos, lo que hace que este álbum se sienta, como digo, más humano. Aquí hay verdadera sangre y tripas. La monstruosa apertura con “One Little Victory”, su primer sencillo, evoca la imagen de una caballería hacia un destino indeterminado. Unos triunfales redobles de tambor preceden a una guitarra que evoca a un futurista Dick Dale, convirtiéndose en un tema de bandera que trae a una banda con aires renovados y ganas de poner toda la carne en el asador. La ausencia de solos de guitarra también llama la atención, pero el trabajo de Lifeson usando un enfoque en capas a base riffs y rítmicas es brutal y otra vuelta más de tuerca en el universo Rush. Geddy también utiliza capas en sus voces y le da toda la fuerza y profundidad demostrando el amplio rango vocal del melenudo gafotas. Varios de los momentos más destacados los encontramos en “Ceiling Unlimited”, “Ghost Rider”, “Secret Touch” o “Earthshine”. Rush arden en una bola de fuego de gloria con unos de sus álbumes más duros, poderosos y esclarecedores. No hay nadie como Geddy, no hay nadie como Alex, y no hay nadie como Neil. Ellos son Rush, y maldita sea, son distintos, insistentes e inimitables!


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