Nada cambia, solamente se pierde fuerza”

Carlito Brigante, Atrapado por su pasado.


Hoy se cumplen 30 años de la publicación de Appetite for Destruction, el debut de Guns N’ Roses, el disco que cambió la historia del rock en 1987. Hoy celebramos que hace 30 años salió el que para unos cuantos millones de personas probablemente sea el mejor disco de rock de la historia.

Si eres de los que lo cree firmemente, celebra.

Si estás pensando en los Rolling Stones, Led Zeppelin, The Beatles y otros tantos mitos sagrados, somos primos hermanos.

Si eres de los que se han llevado las manos a la cabeza, mira a ver si encuentras algo para ti en la sección Nueva Era.

Este disco fue el punto y aparte en un momento particularmente desalentador en la historia de la música pop. El rock duro se había revitalizado algo en Los Ángeles con el auge del glam metal, pero la escena comercial era dramática en 1987, con la infame sobredosis de tecno pop, tintes y pelos esculpidos, sintetizadores como metralletas, ritmos programados, hombreras y aquello que Diego Manrique definía inmejorablemente como materialismo desatado. Necesitábamos una fuerte dosis de Sunset Strip inyectada directamente en el cerebro.

Guns N’ Roses cambiaron el panorama musical radicalmente. Fue, en resumidas cuentas, la banda que puso de nuevo de moda el rock, la que marcó el final de una época –la era pop de los 80’s– e inició una nueva en el verano de 1988, cuando su éxito se terminó de materializar. Guns N’ Roses se convirtió en la marca de moda, compitiendo con productos comerciales al uso en ventas millonarias. Y eso, teniendo en cuenta quiénes eran y lo que hacían, tiene una trascendencia brutal. Appetite for Destruction es el disco que cambia el curso de la industria y unifica a la crítica, mientras el público adquiría una nueva mentalidad y se abría a la nueva tendencia musical: chicos malos tocando rock furioso. En realidad, Appetite for Destruction allanó el camino a buena parte de la tralla que en los 90 acabó siendo masiva. Sin ellos, cabe preguntarse por el éxito masivo de Nirvana, Pantera o Nine Inch Nails. Y ya sabes, si el elogio a este disco te confunde o te molesta, la sección Nueva Era te acogerá gustosa.


W. Axl Rose, Slash, Izzy Stradlin, Duff McKagan y Steven Adler ataron sus vidas para siempre en el verano de 1985, tras una accidentada primera gira. De Los Ángeles a Seattle en autostop, las primeras noches en el mítico Troubadour de L.A., pernoctas en cines porno y en casas de amigas strippers; la época de Hell House, una casa situada entre Sunset Blvd. y Gardner Street donde dormían, ensayaban y hacían fiestas cada noche, sin baño ni ducha, rodeados de instrumentos, amplificadores y mugre. Ese es el germen de Appetite for destruction. Una dieta a base de galletas y vino barato sazonado con disturbios, persecuciones policiales y papelinas de heroína.

Gracias a su manager Vicky Hamilton, que les consiguió dinero e instrumentos con prontitud, a un amigo que les hacía fotos por todas partes, Marc Canter (“acceso ilimitado a la banda”), y a una buena lista de contactos, su nombre empezó a correr como la pólvora. En cuestión de meses hicieron suya la escena de clubes como The Roxy, el mencionado Troubadour o el Whiskey a Go Go. El 26 de marzo de 1986 firmaron un contrato con el sello Geffen Records por 75.000 dólares. Hasta el último momento, el insistente A&R Tom Zutaut (descubridor de Mötley Crüe unos años antes) no supo si la banda firmaría con ellos. Axl había invitado a una A&R rival de CBS Sony a pasearse desnuda por Sunset Boulevard como condición para firmar con ella. La mujer no llegaría a hacerlo, y Guns N’ Roses firmaron con Geffen. Poco después abandonaron a Hamilton para asociarse con Alan Niven, y por último, encontraron al productor idóneo en Mike Clink (ingeniero en los 70 de UFO), tras grabar con él una demo de “Shadow of your love”, que años más tarde saldría como cara B del single de “Live and let Die”. Aquella maqueta primeriza captura la verdadera esencia de la banda, su sonido afilado y rotundo. 

La grabación comenzó en el mes de enero de 1987 en los estudios Rumbo Records de Canoga Park, donde se instalaron por espacio de seis semanas, en las que banda e ingenieros grabaron las bases rítmicas, y dedicaron el resto del tiempo a experimentar con el sonido de guitarra y a la selección de partes vocales. Slash grabó bastantes tramos en los estudios Take One, con especial relevancia para una Derrig ’59 Les Paul que consiguió Alan Niven y que, según relata Slash en su autobiografía, junto al amplificador Marshall logró un sonido que jamás ha sido capaz de replicar en grabaciones posteriores.

Appetite for Destruction apareció el 21 de julio de 1987, e inmediatamente vino acompañado de polémica: la portada (un cuadro firmado por Robert Williams que Axl eligió personalmente) fue censurada a las dos semanas por mostrar un dibujo de una chica tirada en un callejón con las bragas bajadas, tras ser violada por un robot, mientras un monstruo enorme de color naranja se disponía a acabar con el simbionte. La portada fue sustituida por una cruz latina con las calaveras de los cinco componentes de la banda, otro logotipo mítico que hoy, 30 años después, puede verse en las tiendas de ropa de cualquier centro comercial.

El disco tardó meses en llegar a lo más alto, y fue con su tercer single, “Sweet Child O’ Mine”, cuando alcanzaron el nº 1 en América. Tom Zutaut había suplicado cien veces a los ejecutivos de la MTV que lanzasen el video de “Welcome to the Jungle” en un horario decente, pero la cadena lo emitió un domingo a las dos de la madrugada. Sin embargo, fue el video más visto de la historia de cuantos se emitieron fuera del horario comercial. Una banda debutante había mantenido a 20.000 americanos despiertos esperando el lanzamiento de un videoclip.


Y qué decir a estas alturas del disco. Un álbum colosal, para escuchar sin parar tras descubrirlo, poderoso y delicado a la vez, con canciones pegadizas y revestidas de forma inmejorable, con riffs, solos y melodías legendarias. Las canciones están pensadas y ejecutadas con destreza, con un tono rabioso, creíble y majestuoso en conjunto. La banda vivía en estado de gracia entre 1987 y 1989, pese a su estilo de vida juerguista y pendenciero: “Sweet Child O’ Mine” surgió en apenas unas horas, partiendo de un jugueteo de Slash con unas escalas. La canción en principio era, según Axl, un sincero tributo a Lynyrd Skynyrd. En cada una de las doce canciones se combina la más perfecta maquinaria de efectividad rítmica con guitarristas imaginativos y conjuntados, coronados por un cantante de múltiples registros vocales. Un disco definitivo en su época, infinitamente superior a sus coetáneos, diferente, único.

En los surcos de Appetite for Destruction se redefine el hard rock entre irresistibles melodías (“Welcome to the jungle”, “Nightrain”, “Paradise City”, “Think about you, “Rocket Queen”), balazos de punk rock y hard rock repletos de nihilismo y ambigüedad (“It’s so easy”, “Out ta get me”), trazos de rock ‘n’ roll de los 50 (el ritmo tribal de “Mr. Brownstone”), y un triángulo de influjos decisivo centrado en el implacable martilleo de AC/DC, cierta soltura heredada de Aerosmith y la cadencia chulesca de los Rolling Stones, todo ello enmarcado en un sonido callejero y sin embargo lo suficientemente pulido como para resultar arrebatador desde la primera escucha. Una simbiosis perfecta de rabia, potencia, inmediatez, agresividad y un inusitado talento para las melodías conforman un álbum majestuoso e imprescindible, que sigue sonando vigente a día de hoy, treinta años después de su publicación. Esto es en buena parte gracias a la excelente producción de Mike Clink, y a equilibrada mezcla a cargo de Steve Thompson y Michael Barbiero. Si las demos iniciales que conocemos de 1986 eran demasiado crudas, al igual que sus conciertos caóticos, el disco suena sudoroso, violento y desenfrenado y sin embargo cada tema parece tratado como un cuadro de pintura, añadiendo matices, capa a capa, puliendo cada detalle. El sonido es prieto, acentuando la interacción entre las guitarras, con una base rítmica plena de foco, entre el estilo alegre de Adler y el característico sonido de chorus del bajo de McKagan.

Una de las anécdotas más conocidas de la grabación tuvo lugar en la canción “Rocket Queen”, en la que Axl, para dotar a la canción de mayor dramatismo en el interludio, decidió incluir el sonido de una mujer gimiendo, para lo cual no se le ocurrió otra cosa mejor que llevarse a su amiga Adriana Smith al estudio donde mezclaban el disco, y tener sexo con ella mientras Steve Thompson recogía la escena con un micrófono insertado en la sala. Los gemidos, que se escuchan perfectamente en la grabación final, lograron el efecto deseado.

La banda siempre se había manejado según sus propios criterios: cuando Paul Stanley estaba interesado producir el disco, los Guns aprovecharon para tocar en Raji’s, “un agujero de seis metros cuadrados que apestaba a cerveza y a meados”, en palabras de Slash. Stanley, que hacía años que no pisaba un antro semejante, declaró abiertamente sus intenciones de “reescribir ‘Welcome to the jungle’”, tratando de convertir en algo comercial aquella cosa tan turbia y caótica. “Stanley es un buen tipo, pero aun no ha entendido que somos un grupo de rock”, declaró Slash a L.A. Weekly. Stanley jamás se lo perdonó.

Appetite for destruction es, además, uno de los discos que mejor simboliza la extrema y maravillosa ciudad de Los Ángeles. Voces desquiciadas, ritmos intensos y arrebatadores, el sonido de una vida agitada. No sobra ni falta nada en el disco, y se pueden destacar las doce canciones aunque a menudo hay dos que son menos alabadas. Curiosamente, en sus intentos posteriores de resurgir a finales de los años 90, Axl Rose y su nueva banda regrabaron Appetite for destruction, para que los músicos tomasen conciencia del verdadero nivel que debían alcanzar. La intención de Rose en Appetite Revisited era sustituir “You’re crazy” y “Anything goes” por “You could be mine” y “Patience”. En un libro de Stephen Davis, autor de “Hammer of the gods”, leí que Appetite for destruction no era un disco perfecto simplemente porque le falta una pieza acústica, algo que por ejemplo Led Zeppelin I sí tiene. Estos dos detalles (la idea de Axl sobre Appetite en 1999 y el reproche de Davis) siempre me han resultado particularmente fascinantes. No coincido con Davis aunque comprendo la idea; entretanto, la visión de Axl me resulta muy intrigante. Y no se pueden sustituir las canciones sin más: tanto el orden de los temas como las notables diferencias en la producción de Appetite respecto de Lies y Use Your Illusion (todos ellos producidos por Mike Clink) invalidan el experimento.

La crítica, esta vez, fue prácticamente unánime en el elogio. Aunque se reprochaba la recurrencia al cliché de “sexo, drogas y rock and roll” en las temáticas, el disco encarna la tensa atmósfera provocada por la administración Reagan, la violenta sacudida del SIDA y la popularidad de la MTV. La crítica resaltó la combinación entre la fuerza del metal, la rebeldía punk, la estética glam y riffs de esencia blues que seducían a los puristas. El talento, la velocidad, la suciedad y el empuje de las canciones cambiaron la sensibilidad musical de la época. Incluso los críticos anquilosados en su adoctrinamiento chocaban contra la actitud de una banda que sonaba igual que vivía. En palabras de Axl, “desde los Sex Pistols el rock ‘n’ roll en general lo único que ha hecho ha sido chupar una jodida gran polla”. Agresividad, provocación e inconformismo; nihilismo y hedonismo en un cuadro brutal e hiperrealista, que forma una especie de ente propio al que todos los pecados capitales se le quedan pequeños. Lo que en su día fueron Jerry Lee Lewis, Little Richard, los Beatles más contestatarios de sus giras americanas, los Stones de “Gimme Shelter”, The Stooges y Sex Pistols. El polvo y los huesos del rock and roll con actitud individualista, tan personal como atrayente. Appetite for destruction es MÚSICA nacida como respuesta a la moralidad opresiva, un sentimiento espontáneo y voz de una generación enrabietada y perdida, que a su manera trataba de devolver el golpe a los estamentos, gracias a una banda que había creado auténticos himnos sobre el rechazo, la ira, el desconcierto, la violencia, el sexo, la desesperación, la alienación, las borracheras y los despertares sórdidos en un lugar perdido. Era rock ‘n’ roll sin calcular y sin embargo irrefrenable, auténtico y devastador.

El disco deparó cinco singles: “It’s So Easy” y “Welcome to the Jungle” lanzados en junio y octubre de 1987, “Sweet Child o’ Mine” y “Paradise City” lanzados en agosto y noviembre de 1988, y “Nightrain” en julio de 1989. El éxito de Guns N’ Roses una vez despegaron gracias al video y la canción de “Sweet Child O’ Mine” fue paulatino e imparable. Tras girar como teloneros de Aerosmith, Alice Cooper, Iron Maiden o The Cult, la MTV ponía a todas horas el vídeo en blanco y negro de “Sweet Child O’ Mine”. El single y el disco eran número 1 en la lista Billboard de Estados Unidos en el verano de 1988, la MTV les dedicaba especiales en los que aparecían contando fechorías y tocando en bares con sus amigos, encabezados por un Keith Richards que bendecía aquello como “auténtico”. Tras su primera portada en la revista Rolling Stone, “Welcome to the jungle”, era relanzado e inmediatamente subió al Top 10 de las listas de éxitos de rock en América. “Paradise City” le seguiría poco después. Eran un fenómeno, y generaban un nivel de entusiasmo espectacular.

El 29 de noviembre de 1988 salía a la venta el segundo disco oficial de la banda, GN’R Lies: “The Sex, The Drugs, The Violence, The Shocking Truth”. El disco entró en el número 2 de las listas, ya que el número 1 estaba ocupado por Appetite for destruction. El disco ha vendido más de 30 millones de copias en todo el mundo, y es el disco debut más vendido de la historia. Ningún grupo en 15 años había conseguido colocar dos discos en el Top 10. Al poco tiempo, Slash y Axl cambiarían sus apartamentos de reducidas dimensiones por mansiones y lujosos apartamentos en las colinas de Hollywood.

Según cuenta la leyenda, ahí fue cuando se perdió la fuerza. Sin embargo, el disco no ha perdido ni pizca. No tenemos la edición especial deseada, a imagen y semejanza de las respetuosas ediciones que Springsteen dedica a sus lanzamientos pretéritos. Es, como siempre ha sido, un álbum que habla por sí solo, la misma obra sin adulterar que siempre fue.


El texto que acabas de leer es de Manuel Sacristán, autor de “Forajidos Inc. Axl Rose contra la industria”libro que repasa la trayectoria de Guns N’ Roses y otras bandas de rock en el periodo de 1987 a 1999. Pedidos e información aquí: mlsacristan@gmail.com.



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