Parece que toca de nuevo hablar de rock´n´roll del bueno en directo. Y ojalá que podamos seguir haciéndolo por muchos años. Y más, cuando se trate de rememorar experiencias como la vivida la pasada noche del ocho de octubre en la sala La Iguana Club. Dentro de esa amplísima etiqueta que representa la palabra rock se esconde un muy amplio abanico de posibilidades. Hay bandas que impregnan el ambiente de rabia o inconformismo, algunos artistas que optan por la introspección, otros que se dejan llevar por la melancolía. O los hay especialmente dotados para hacer flotar a toda la audiencia armados con melodías y armonías vocales que nos trasladan a otra galaxia. Muchas maneras de lograr el mismo objetivo. Vivir una gran velada para ambas partes, tanto los músicos encima del escenario, como el público ante ellos.


Southern Culture On The Skids logran eso y mucho más cada noche. En sus evocan cerveza, pollo frito, carreras de coches y parques de autocaravanas. No optan por la sobriedad o el minimalismo. Y definitivamente la trascendencia no es lo suyo. Con ellos solo se pueden esperar dos cosas, rock´n´roll y fiestorro desenfrenado. Poco para algunos, pero suficiente para un servidor. Y esas dos cosas fueron las que disfrutamos el otro día los fans de la veterana banda que nos reunimos en Vigo. SCOTS son un grupo de lo más curioso. Tras una época a final de los 90´s en que tuvieron abundante prensa, volvieron a operar a nivel underground y treinta años después de sus inicios como banda siguen dejándose la piel en todo tipo de antros, clubs y salas de pequeño aforo. Y su increíble combinación de surf, country, hillbilly y garaje sigue funcionando como el primer día.

Tal como comentaba antes, buscábamos pasarlo bien. Y vaya si lo conseguimos. Había visto a los de Chapel Hill hace casi quince años, en uno de esos conciertos que uno no olvida jamás. En aquel momento venían presentando el excelente disco Liquored Up & Lacquered Down y contaban con un teclista en la formación. En 2017, repetimos. El grupo hace años que volvió a ser un trío. Y las expectativas fueron no sólo colmadas, sino superadas incluso. Y el tiempo parece no haber pasado por ellos. Las canas en la perilla de Miller era el único factor externo que ponía de manifiesto los catorce años de diferencia entre ambas ocasiones. Por lo demás, si ayer alguien me hubiera dicho que habíamos experimentado un retroceso en el tiempo de 15 años, me lo hubiera creído. Dave Hartman continúa impertérrito en su batería, Rick Miller mantiene su aspecto de excéntrico profesor de ciencias y Mary Huff continúa cautivándonos con su sex appeal, su excepcional voz y su look de white trash queen. Además de hacernos saber su amor por los chupitos de Jagermeister. Se nota que llevan toda la vida tocando juntos y que disfrutan a la vez que nos hacen disfrutar.

La excusa de esta gira era la presentación de su último disco, el muy recomendable The Electric Pinecones, pero como es habitual en estos casos, el repertorio seleccionado por Miller, Huff y Hartman abarcó casi toda su carrera y pudimos disfrutar además, de temas de Plastic Seat Sweat, Mojo Box o Dirt Track Date. Difícil destacar unas canciones por encima de otras. Quizás las de su último trabajo obtuvieron menor respuesta, más que nada por el desconocimiento. Pero por lo general todos disfrutamos, desde el primero hasta el último de los temas. Momentos álgidos podría reseñar varios. Ese House Of Bamboo, cantado por Mary Huff, Liquored Up & Lacquered Down (canción por la que siento especial debilidad), Banana Pudin que puede alegrar al más deprimido de los mortales o, por supuesto, su tributo a El Santo en el cual, sobre el escenario coincidieron nada menos que dos “Santos” (!!!) enmascarados, junto a dos chicas del público y el grupo en pleno desenfreno. Y sin olvidar, por supuesto, los momentos en que viraban al surf con algunos antológicos momentos instrumentales.

Si, amigos, fue una noche de sudar, bailar, beber, cantar, aullar, dejarse la piel y gozar de cada momento. Cerca de dos horas en las que no tuvo cabida la política ni las polémicas, ni las banderas ni los enfrentamientos. Solo rock´n´roll, baile y diversión, muuuuucha diversión. Quizás poco para algunos. Pero yo, el recuerdo de este concierto, lo conservaré mientras viva. De hecho, han pasado solo algunas hora y ya estoy deseando repetir. Solo espero que no tener que esperar otros quince años. Pero mientras no llega la ocasión solo puedo decir. Viva el rock y QUE VIVA……EL SANTO!!!!!!!!!

Fotos de Ana Castro.