¿Es hoy un día triste? Pues sí. Ha fallecido un grande, de esos que no dejaron nunca indiferente. No voy a tratar de engañar a nadie con falsos sentimentalismos. Yo no era fan. Ni siquiera me gustaba la mayor parte de su obra. Pero eso no hace que el día sea menos triste. La verdad es que, fiel a su filosofía, ha dado un último golpe de mano. Nos ha vuelto a sorprender a todos. La verdad es que Bowie, una vez más, nos ha cogido a contrapié. Paradojicamente, no deberíamos sorprendernos, ya que siempre fue su especialidad. Y mas en los últimos años, en los que había jugado al escondite, saliendo solo de su madriguera para anunciar novedades discográficas, con una habilidosa planificación. La planificación habitual de alguien como él que jamás necesitó pagar su publicidad, ya que sus maniobras la generaban. Y ahí radicó gran parte de su encanto, de su místicas y de su astutamente construída leyenda.

El hombre que había detrás del nombre de David, se preocupó siempre de ofrecer al mundo un personaje denominado David Bowie. Un personaje que no limitó la actuación a su presencia en el escenario. No, David Bowie fue pura actuación toda su vida, días tras día. Fue el Hombre de las estrellas, el Ziggy Stardust que se hizo acompañar por unas arañas de Marte. Fue también un cantante de soul, un duque blanco, un músico experimental, un actor y, sobre todo, un especialista en la reinvención y la mutación. Siempre se las arregló para estar ahí arriba. Y, muy meritoriamente, lo logró. Unos eligieron la vía de ser fieles a si mismos y a una filosofía para ganarse el respeto de sus fans. Él también, pero optó por una variante distinta. Su versión del “se fiel a ti mismo” fue instalarse en el cambio constante. Su versión de seguir su propia filosofía, fue no tener una filosofía que seguir, si no muchas. Una apuesta arriesgada. Pero mereció la pena el riesgo. Hoy le lloran fans de su etapa glam, de los que adoran su etapa berlinesa, de los que reivindican Tin Machine, de los que creen que aún recibirán la llamada Mayor Tom o de los que estaban aún dispuestos a comprar el mundo que él vendió.
Se le acusó de vampiro que “robó” ideas de mucha gente y las hizo pasar por propias. Se le calificó de genio. Se le llamó narcisista. Se le señaló como polemista. Como un actor representando un papel. Se dijo de él que era un artista inquieto. Y también se dijo que su único arte fue el de vender humo. Si dijo….se dijo…se dijo… ¿Héroe o villano? ¿Genio o chupasangre? ¿Artista o farsante? Nada de eso fue, sino el resultado de sumar mil y una contradicciones a priori incompatibles. Pero que siempre le acompañaron.
Mi relación con la música de Bowie no fue intensa. Su música dejó de interesarme hace ya muchos años. De su discografía, siempre he destacado dos partes. Su periodo hasta Diamond Dogs y su etapa posterior. Y si, sé que es un análisis muy simple. Hablar de dos etapas en su carrera es algo que el propio Bowie nunca me perdonaría, pero me apetecía aportar un poco de simplismo a una carrera tan dada a los análisis, a la fragmentación y al debate.
No voy a comentar discos, títulos o conciertos. Otras personas que conocen mas a fondo su carrera, lo harán mucho mejor que yo. Pero me apetece poner en negro sobre blanco unas palabras para un hombre que hoy falleció, pero que deja muchos legados. Para que cada uno elija el que quiera. El hombre del carmín, el del elegante traje blanco, o el que aparecía en el escenario en una araña de cristal. Y repito. No soy fan. No es una influencia en mi vida. No asocio grandes momentos de mi vida con su música. Pero soy humano. Y me dejé hasta cierto punto seducir por un David Bowie. ¿Por cuál? Lo mismo da. Hoy, como muchos de nosotros, también seducidos por uno de los Bowies creados por David Robert Jones, notamos que se ha ido alguien, para bien y para mal, irrepetible.