Queremos retratar como se merece y de un modo especial la histórica noche de ayer en el estadio Vicente Calderón. Paul McCartney deleitó a miles de personas tras 12 años sin visitar España en una inolvidable actuación, tal y como a continuación relata nuestro redactor Kashmir. Y como bonus track, contamos también con la mirada de nuestra lectora Natividad González.


Paul McCartney – Gira One on One 2016
Estadio Vicente Calderón – Madrid (02/06/2016)


Crónica por Kashmir. Redactor de Diablorock.com

Paul no está muerto. No, no me refiero a la leyenda que cuenta que Paul falleció a finales de 1966 en un accidente de coche, y fue reemplazado por un tal William Campbell. Macca en dos semanas cumple 74 años, y aunque suene duro, hay que ser conscientes que más pronto que tarde le llegará un bajonazo o nos abandonará, al igual que otros mitos de su generación que todos tenemos en mente. Y nos quedaremos terriblemente huérfanos… Pero mientras éstos continúen sus carreras con maestría y dignidad, hay que agradecer tener siempre una última oportunidad de verlos. Lo de Sir Paul anoche fue una auténtica celebración de la vida, de la música que realmente nos da esa vida y nos acompaña y acompañará hasta nuestro final. Un viaje vital de momentos emocionantes, alegres y tristes, recuerdos, nostalgia,.. Pero sobre todo de felicidad por compartir todo eso y sentirnos vivos y agraciados. Al final lo material se corrompe, noches como la de ayer perduran en nosotros para siempre.

Y tras filosofar unas líneas volvemos a poner los pies en el Calderón. No faltarán detractores o graciosillos que tachen a Macca de soso, almibarado, poco ácido, que su voz transmite dudas (fue de menos a más con momentos algunos delicados como otros más excepcionales, pero siempre muy loable),.. e incluso que parece una abuela. Vale, no les falta razón en parte, pero por mucho que se parezca a Angela Lansbury su apariencia de eterno jovial con pelazo es cojonuda, así como sus ganas de agradar y de ser un quedabien, aunque sea a base de chascarrillos y frases en castellano como «¿Qué pasa troncos?», de ondear la bandera de España o subir a una pareja para escenificar su inolvidable y cochambrosa pedida de matrimonio.

«A Hard’s Day Night», tema rescatado del baúl para esta gira, era un fantástico comienzo, pero esos bongos me desconcertaban. Empezar con mueca de desconfianza no era buen presagio. De hecho a lo largo del concierto mi sensación era que estaba viendo algo un tanto standard, con momentos fantásticos como no podía ser de otra forma con semejante cancionero, pero echaba en falta más pellizcos y conectar de verdad con Sir Paul y su banda. ¿«I’ve Got A Feeling» descafeinada? «Temporary Secretary» no sé si es una broma o un adelanto de NIN. Las canciones de Wings como «Let It Roll», «1985» o «Letting Go» sin embargo sonaban más rotundas y con un Macca más maccarra y vacilón. «Maybe I’m Amazed» es debilidad personal, y a pesar de sufrir viendo como Paul le cuesta llegar, no puedo más que postrarme ante él por su valentía y ese amor a Linda que hace que no la saque jamás del set list.

El show se desarrollaba sin sobresaltos, y como decía, todo muy aseado y un tanto standard… Hasta que casi sin darme cuenta hubo un click que no sabría explicar si vino gradualmente o de sopetón, y me vi de repente montado en una montaña rusa que no paraba de subir y subir. Sir Paul nos condujo hasta una abandonada casa donde recordó su primer tema beatliano «In Spite Of All The Danger» jugando con el público; y nos regaló una elegante sucesión de Beatles songs en formato algo más íntimo en el porche de dicha casa, desde «We Can Work It Out» a «And I Love Her». 

Tras varios loops se nos encogió el corazón con un «Blackbird» donde Macca sólo con su acústica se elevó en el escenario sobre una catarata como el mirlo que quería ser libre; y esa estremecedora carta de amor a Lennon que es «Here Today». Cuando pensamos que era imposible más emotividad suena «Something» con un solitario ukelele, hasta que entra la banda a lo grande y con imágenes de George y los Beatles de fondo; uno de los momentos más mágicos de la noche, no quedaban pelos sin erizar.

Pero Macca también sabe meter la directa y así agarramos fuerte el vagón porque nos llevó a la Londres de «V de Vendetta» en «Live And Let Die», donde en un alarde asombroso de fuego y pirotecnia visual y musical nos explosiona todo en la cara con un montaje espectacular. Vienen curvas con «Back In The USSR» o una asombrosa «Band On The Run»… y es justo hacer una parada y reconocer la fantástica banda que acompaña a Paul desde hace años, sin fisuras, rocosa cuando hay que rockear y elegante en los temas que requieren más sensibilidad y arreglos, como «Eleanor Rigby» o «Fool On The Hill»

No podía faltar en el viaje globos de LSD azucarado y una panorámica del circo (alucinógena y psicotrópica la escenografía y juego de luces) de «Mr. Kite», el señor cometa del Sgt. Pepper, y «Obladi-Oblada». Como tampoco podían faltar la épica de dos buques insignias como «Let It Be» o «Hey Jude» que fue coreada a capella por el respetable hasta el paroxismo. Hasta tramos nuevos como «Queenie Eye» o «New» no tambalearon para nada el trayecto.

Nuestro vagón se va deteniendo con «Yesterday», aunque haga amagos de volver arrancar, pero somos conscientes de que el viaje ha llegado a su fin. Y no podía existir mejor broche que pasar por lo último que grabaron los Fab Four, la suite que cierra «Abbey Road», «Golden Slumbers / Carry That Weight / The End». Os confieso que durante el «and in the end, the love your take, is equal to the love you make» y el punteo final noté como si me estuviera elevando; y esto no es otra alegoría, lo prometo, realmente sucedió.

Nos bajamos, no sin pena, y admiro la majestuosa montaña rusa y el recorrido en la que Paul y sus chicos nos han conducido durante unas dos horas y tres cuartos, casi 40 temas y 57 años de distancia (desde la primeriza de The Quarrymen hasta «FourFiveSeconds»). McCartney levanta su inseparable Höfner, abuelos y nietos, padres e hijos, parejas y amigos nos abrazamos, y muchos allí cerramos un círculo que empezamos a dibujar casi desde que tenemos conciencia y nos ponían en el cole «Yellow Submarine» o «Yesterday». Paul no está muerto, anoche nos hizo sentir más vivos que nunca.


Crónica de Natividad González:

Madrid, dos de junio, estadio Vicente Calderón, nueve de la noche… Yo todavía sin creer mucho lo que iba a pasar en pocos minutos. Allí estaba, en medio de miles de personas que, a pesar de tener edades y estilos muy diferentes, compartían el mismo entusiasmo por poder disfrutar del directo de una de las leyendas vivas de la historia de la música, Paul McCartney. Al entrar en la pista. Me llamó la atención la sobriedad del escenario. Quizá, después de disfrutar del directo de AC/DC en Sevilla, venía pensando encontrar un despliegue similar para este concierto. Tampoco era comparable el aforo. La grada se llenó completamente pero en pista había espacio suficiente para bailar y respirar, lo cual esta fan empedernida, agradeció en el alma. Busqué mi sitio, ese lugar perfecto donde el sonido llegue sin ecos ni distorsiones. Allí me quedé plantada, como os dije al principio, sin creerme todavía lo que estaba a punto de vivir.

No hubo artista invitado y en su lugar, las pantallas comenzaron a mostrar imágenes de otro tiempo mientras de fondo, escuchábamos música enlatada de Paul McCartney, haciendo tiempo hasta que la oscuridad nos envolviese para poner en marcha el perfecto espectáculo de luces que acompañó a cada tema. De repente, se detuvo la música y apareció Sir Paul. Para alguien como yo, que ha crecido escuchando a The Beatles, ha cantado, bailado y disfrutado a tope cada uno de sus temas, fue algo muy difícil de expresar con palabras. Quizá se entienda así: me sentí igual que debe de sentirse un cristiano viendo a Jesús oficiando una misa.

Y comenzó con una canción rescatada de mi infancia y la de tantos otros:»A Hard Day’s Night». Su vestuario era tan sencillo como todo lo que le rodeaba pero fue sonar el primer acorde y todo cobró sentido. Música, sólo música, perfectamente interpretada y acompañada de su característica voz que, a veces luchaba por llegar al tono, consiguiéndolo no sin dificultad. Yo me preguntaba continuamente ¡¿de verdad este hombre tiene 74 años?! Tres horas de directo sin descanso y no lo vi ni una sola vez beber agua, secarse el sudor o desaparecer del escenario. De mayor quiero ser paul McCartney, ¡que alguien me diga qué poción mágica tomó! También fue de agradecer que se esforzase en hablar español antes de interpretar muchas de las canciones, eso es algo que yo he echado mucho de menos en los últimos conciertos a los que he asistido. Si bien todo el repertorio fue estupendo, hubo grandes momentos. Corear con él «Hey, Jude», escuchar en directo de su voz «Live and Let Dye» acompañado de llamaradas y fuegos artificiales, traer de nuevo mi niñez a flote cantando «Ob-La-Di, Ob-La-Da» y disfrutar de un tema incombustible como el que más, «Back in The U.S.S.R», que siendo muy niña me envenenó de Rock’n Roll.

La única pega del concierto: ¡que terminó! El sonido estuvo grandioso,los músicos la leche y el espectáculo de luces e imágenes, en algunos temas era íntimo y sencillo, en otros era un grito a la revolución y en muchos otros, pura psicodelia. Hubo momentos para el recuerdo de los ausentes y dedicó varios temas a su esposa Linda, a John Lennon y George Harrison. A este Último le dedicó un «Something» que comenzó a interpretar con ukelele, al que poco a poco se incorporaron los demás instrumentos.  Subió al escenario a una pareja que llevaban carteles que decían algo así como «ella solo me dará el si, si le pido matrimonio delante de Paul McCartney» y «sólo diré si, delate de Paul McCartney». Se prometieron en directo justo antes de que sonase el último tema, «The End». Quizá no volvamos a tener a Paul McCartney en España, han pasado 12 años desde la última vez que nos visitó pero una cosa tengo más que segura, si vuelve, yo volveré a ocupar mi espacio entre el público. Ayer cobró vida la banda sonora que me acompaña desde niña y por muchos conciertos a los que asista, nadie podrá superar al de anoche. Y si, no dejé de pensar en ella, en mi «Lady Madonna» y lloré mucho pero fueron lágrimas con sabor a risas, caricias, consejos y amor del bueno, del que sólo una madre sabe dar

 


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