CRÓNICA: TABURETE (16.11.2018 – SALA KUBIK, GASTEIZ).

Desde que Mikael Åkerfeldt de Opeth relató el día que acompañó a su hija a un concierto de One Direction no veía la luz un documento de este calibre. Intentamos amarralo bien, pero Mikel Cthulhu se nos volvió a escapar el fin de semana pasado… y acabó en un concierto de Taburete. No nos hacemos cargo de absolutamente nada de lo que ha escrito.

Texto por Mikel “Cthulhu”.


De antemano declaro mi amor incondicional por Taburete. Más allá de filiaciones políticas, criterio musical y demás zarandajas, las huestes de Willy Bárcenas son el salvavidas al que se han agarrado esos jóvenes de derechas que se encontraban huérfanos de banda sonora en un mar de batucadas podemitas, punk proetarra y vanguardia posmoderna. En esa línea genealógica que une a Hombres G con Pignoise (los Descendents españoles) y que se cortó abruptamente con la carrera televisiva de Álvaro Benito, los madrileños han alzado la bandera de la democracia cristiana más sandunguera y canalla.

Con esto como punto de partida decidimos acercarnos al concierto, dispuestos a disfrutar del mejor Centrocore y, con suerte, encontrar una mujer que nos sacara de pobres. Porque de tontos es imposible. Quedada tres horas antes, ingesta masiva de vino blanco constitucional y estupefacientes liberales, y ahí sí cuerpos y mentes preparados para ver a una banda que no olvidemos presentaba un disco titulado Madame Ayahuasca, en el que relatan sus escarceos con los alucinógenos. Que ya sería farlopa. Entramos en la sala Kubik como un par de T-34 soviéticos, los sentidos alterados e intentando que las decenas de madres que acompañaban a sus hijas adolescentes no llamaran a la policía. No hubiera hecho falta porque allí había algunos fuera de servicio, si es que la ley descansa en algún momento. Muchas caras guapas, gente oliendo bien y jóvenes de Nuevas Generaciones nos recibieron con miradas de sospecha, sin saber que bajo nuestro aspecto de jóvenes izquierdosos latían dos corazones puros, como nuestra droga.

Mientras hacíamos tiempo en la barra, vaciándola, la sala se iba llenado de más gente guapa y limpia hasta juntarse allí unas 700 almas entre las que brillábamos como dos faros, o dos votantes de VOX en una biblioteca. La salida de la banda al escenario fue recibida con vítores, gritos de fans y una sensación de libertad que no se había vivido en la Zona Especial Norte desde los tiempos de Mayor Oreja. Tocaron sus mejores temas, de los cuales no conocíamos ni uno, y nos sorprendieron con una propuesta fiestera que de no ser por el injusto boicot al que son sometidos arrasaría en el Viña Rock, lo cual tampoco es decir mucho. Entre medias se acordaron de Valtonyc, para mal, lo cual fue recibido con aplausos por nuestra parte, intentando mimetizarnos con un ambiente del que a esas alturas ya no queríamos salir porque el nuestro sólo ofrece drogadicción y morir en soledad bajo cartones. Hicimos nuestra propia versión de la Alianza de Civilizaciones gritando “Todos a una, Herri Batasuna”, pero descubrimos que aún es pronto para caminar todos juntos de la mano hacia el nuevo eón liberal que nos aguarda en el horizonte, por lo que guardamos silencio y volvimos a sacar más droga.

De las dos horas de concierto recuerdo retazos, todos bellos, y ese final apoteósico con Taburete versioneando a Ken Zazpi, que no lo voy a negar fue una sacada de chorra en toda regla. También me hice amigo de dos policías y un miembro de Nuevas Generaciones que me habló de lo maravilloso de haber derrotado al terrorismo, para acto seguido preguntarme si tenía cocaína. No tenía, que eso es droga de ricos, pero fue precioso de todos modos. La noche siguió, el Viernes se convirtió en Domingo y todo está borroso en mi memoria, pero jamás podré olvidar a Taburete y una noche que me cambió la vida para siempre. PP PRESOAK, ETXERA.


Por Mikel “Cthulhu”.